Julian no solo entró en la habitación; la colonizó. Colgó su chaqueta de diseñador sobre el respaldo de la silla que Victor acababa de dejar para ir por más agua, una reclamación de territorio no dicha.
—Pensé que te vendría bien algo para animarte, Elara —dijo Julian, su voz suave y proyectándose lo suficiente para asegurarse de que Victor escuchara cada sílaba—. Sé que las noches en el hospital son agotadoras. Llamé a tu bistró favorito —van a traer un banquete completo para el almuerzo más t