Victor no llegó ni a cuatro cuadras antes de golpear el volante.
No lo suficientemente fuerte como para hacerse daño, solo lo suficiente para tener dónde descargarlo. La rabia había estado sentada en su pecho desde el momento en que Julian entró por esa puerta con su enorme ramo y su sonrisa cuidadosamente ensayada, y no tenía a dónde más ir.
Cómo se atrevía.
Ni siquiera era el gesto en sí —las flores, el vino, las galletas dispuestas como una actuación. Era la sonrisa. Esa sonrisa en particula