Elara no los despertó.
Se quedó en la puerta un momento más — observando los ceños fruncidos iguales, la postura igual, la absoluta absurdidad de todo — y luego se dio la vuelta en silencio y fue a la cocina.
Llenó la tetera. Encontró los huevos. Se movió por la rutina de la mañana con la firmeza particular de alguien que ha aprendido a encontrar consuelo en cosas pequeñas y controlables.
Alcanzó la sal.
No estaba donde ella la guardaba. Claro que no, porque durante las últimas semanas también