Viejas heridas
El picnic le había dado algo que no esperaba.
Paz. Una paz tranquila, sin complicaciones —del tipo que no había sentido en tanto tiempo que casi había olvidado cómo se sentía. Los pájaros, la luz entrando suave entre los árboles, la voz de Daniel extendiéndose por la hierba, la flor que Victor había colocado detrás de su oreja y que no se quitó hasta que volvió al coche —e incluso entonces la sostuvo entre los dedos un momento antes de dejarla.
Solo quiero que me perdones.
Repasó