Cuando el padre de Víctor finalmente volvió a quedarse dormido, la contención de Elara se quebró.
—Necesito hablar contigo. Ahora.
Su voz era baja, pero lo suficientemente afilada como para cortar el silencio del hospital. Sin esperar respuesta, salió. Víctor la siguió en silencio.
Se sentaron en un banco fuera de la sala, el lejano zumbido de los monitores y voces apagadas llenando la quietud.
Elara se volvió hacia él, con los ojos ardiendo de furia.
—¿¡Cómo te atreves!? —exclamó—. ¿Cómo te at