Cuando Victor despertó, Elara ya no estaba en la pequeña casa.
Salió afuera, moviéndose lentamente, como si cada parte de su cuerpo cargara un peso oculto. El aire de la mañana era fresco, pero no hacía nada para aliviar la pesadez en su cuerpo. Su rostro había perdido el color; parecía casi un fantasma.
Hellen fue la primera en notarlo.
“Victor… ¿estás bien? Te ves muy pálido. ¿Tu condición empeoró?”
Él dejó escapar una pequeña risa, aunque estaba llena de incomodidad.
“No, no… me siento mejor