Maya se colocó frente a la cama de Leo.
El hombre con la bata blanca estaba en la puerta. Seguía sonriendo. El arma sobre la bandeja brillaba bajo las luces del hospital.
No habló.
Solo levantó el arma y la apuntó al pecho de ella.
Maya no se movió.
Su corazón latía tan fuerte que podía sentirlo en la garganta, pero su voz salió firme.
“Si me disparas, todo el mundo lo verá,” dijo. “Sigo en vivo en cámara. Millones de personas están mirando ahora mismo.”
La sonrisa del hombre se desvaneció un p