Maya se sentó en el banco de metal frío dentro de la celda de detención. Las luces de arriba eran demasiado brillantes. Le dolían los ojos. Su vestido rojo se sentía estúpido ahora, arrugado y fuera de lugar. Se abrazó a sí misma y miró la pared gris.
La puerta se había cerrado de golpe hace diez minutos. O tal vez veinte. Había perdido la noción del tiempo. Todo lo que podía pensar era en Leo durmiendo arriba en su cama. Y la línea roja dibujada a través de su garganta en esa fotografía. Y la