2

Una enfermera joven pasó por el pasillo y le dedicó una mirada comprensiva antes de continuar su ronda. Oriana se limpió los ojos con el dorso de la mano y sacó el teléfono. Tenía tres mensajes sin leer.

Uno era de Valentina: "Llámame si necesitas algo. A la hora que sea."

Otro era de un número que no tenía guardado: "Oriana, soy la doctora Reyes, colega del doctor que atiende a tu madre. Me comentó tu situación. ¿Podemos hablar mañana?."

El tercero era de un cobrador: "Recuerda que el pago vence el viernes."

Cerró los ojos. El pago. En medio de todo, había olvidado completamente el pago. Eran setecientos dólares que debían salir de una cuenta que apenas tenía el saldo para subsistir hasta fin de mes. Abrió la aplicación del banco y revisó el saldo. Cuatrocientos ochenta y dos dólares con treinta centavos.

Guardó el teléfono. No podía resolver eso esta noche.

Se recostó en la silla lo mejor que pudo, cruzó los brazos sobre el pecho y decidió quedarse ahí hasta el amanecer. No podía irse. No podía alejarse de ese vidrio y de esa mujer que dormía al otro lado sin saber cuánto estaba costando cada hora que pasaba.

A las seis de la mañana, una mano suave la sacudió por el hombro.

-Señorita. Señorita, aquí no puede dormir.

Era la enfermera de turno, una mujer mayor de mirada bondadosa y voz tranquila.

-Disculpe. -murmuró Oriana, incorporándose con el cuello rígido y la espalda adolorida.

-¿Es familiar de la señora Florencia?

-Soy su hija.

La enfermera asintió y bajó la voz.

-Su madre pasó bien la noche. Estable. ¿Ha desayunado usted?

Oriana negó con la cabeza.

-Hay una cafetería en el primer piso. Abren a las seis y media. Vaya, cómase algo. Su madre la necesita entera, no derrumbada.

Era el mismo argumento que había usado con Valentina la noche anterior, y ahora se lo devolvían. Tuvo ganas de sonreír pero le faltaron fuerzas.

Bajó a la cafetería, pidió un café negro y un pan de queso que comió sin saborearlo, parada junto a la ventana que daba a la calle. La ciudad despertaba lentamente. Los primeros carros pasaban escasos por la avenida, algún vendedor ambulante montaba su puesto en la esquina, una paloma caminaba por el borde de la acera como si fuera dueña del mundo.

A las ocho y cuarto sonó el teléfono. Número desconocido.

-¡Aló!

-Buenos días, ¿hablo con Oriana Serra?

-Sí, soy yo.

-Le llamo del Banco Central. Soy asistente del señor Andrade. Me pidió que la contactara a primera hora. Su caso fue revisado anoche y...

Oriana contuvo la respiración. El café en su mano se quedó suspendido en el aire.

-Fue pre-aprobado. Necesitamos que venga esta mañana a firmar algunos documentos adicionales y verificar un par de datos. ¿Puede estar aquí antes de las diez?

-Sí. -respondió ella, y su voz sonó extrañamente calma para la tormenta que tenía por dentro.

-Sí, ahí estaré.

Colgó. Apoyó la mano en el vidrio de la ventana. Afuera, la paloma echó a volar sin razón aparente, batiendo las alas hacia algún lugar invisible. Oriana la siguió con la mirada hasta que desapareció.

-Gracias. -susurró, sin saber muy bien a quién.

Salió del hospital, subió al primer Uber que pasó.

-Al banco central por favor. -dijo.

Llegó al banco a las nueve y cuarenta. Se había pasado por su apartamento lo justo para cambiarse de ropa, lavarse la cara y recogerse el cabello. No había tiempo para más. La asistente del señor Andrade, una mujer de nombre Carolina, la recibió con una sonrisa profesional y la condujo directamente a una sala de reuniones pequeña.

-El señor Andrade llegará en unos minutos. ¿Quiere agua?

-Sí, por favor.

Oriana se sentó y miró los documentos que ya estaban sobre la mesa. Páginas y páginas de letra pequeña que en cualquier otra circunstancia habría leído con calma y detenimiento. Hoy tendría que confiar.

El gerente entró puntual, con el mismo traje oscuro del día anterior o uno idéntico, y se sentó frente a ella.

-Buenas noticias y una condición. -comenzó sin preámbulos.

-Dígame.

-El fondo de emergencia aprueba hasta treinta mil dólares. El avalúo de su propiedad respalda ese monto sin problema. La tasa es preferencial dado el carácter médico del caso, y el plazo de pago es de sesenta meses.

Oriana hizo el cálculo rápido en su cabeza. Treinta mil. Le faltaban diez.

-¿Y la condición?

-Que firme hoy. El fondo tiene cupo limitado y hay otros casos en lista. Si no firmamos esta mañana, el cupo pasa al siguiente solicitante.

-Firmo hoy. -dijo ella sin dudar.

-¿Pero los diez mil restantes?

El señor Andrade entrelazó los dedos.

-Eso ya no es competencia del banco, Oriana. Pero le digo algo desde lo personal, no desde este escritorio: a veces la gente es más generosa de lo que uno espera cuando sabe exactamente para qué es el dinero.

Ella asintió despacio, comprendiendo.

Firmó todos los documentos. Carolina le explicó cada cláusula con paciencia. El desembolso estaría disponible en su cuenta en cuarenta y ocho horas. Cuando salió de la sala, tenía en sus manos una copia del contrato y una sensación extraña, mezcla de alivio y vértigo, como quien da un salto sin ver bien dónde va a aterrizar.

En el pasillo del banco miró el teléfono y encontró un mensaje de Valentina.

"Organicé una vaca entre los compañeros del trabajo y algunos amigos. Ya tenemos cuatro mil. Seguimos."

Oriana se detuvo en seco en medio del corredor. Una señora que caminaba detrás de ella tuvo que esquivarla con un gesto molesto, pero ella no lo notó. Leía y releía el mensaje como si las palabras pudieran cambiar de significado.

Cuatro mil dólares. Valentina había salido a buscar lo que ella no había pedido.

Marcó su número de inmediato.

-Val...

-No me des las gracias todavía. Nos faltan seis mil más.

-¿Cómo lo hiciste tan rápido?

-Hice un grupo de W******p anoche cuando llegué a casa. Le escribí a todo el mundo. Les conté de Florencia, les puse una foto de ella de cuando nos llevó a la playa ese verano, ¿recuerdas? La que está con el sombrero de paja y la sonrisa enorme. Nadie se pudo negar, Ori. Nadie.

Oriana apoyó la espalda contra la pared del pasillo y cerró los ojos. Vio esa foto con perfecta claridad. Su madre con el sombrero inclinado, los pies descalzos en la arena, riéndose de algo que ya no recordaba. Tan viva. Tan ella.

-Nos faltan seis mil. -repitió Valentina.

-El doctor Herrera del trabajo dijo que él pone mil. La señora Carmen de la panadería de abajo dijo que da trescientos. Vamos bien.

-¿La señora Carmen? -preguntó Oriana, incrédula.

-Tu mamá le ayudó cuando no tenía para el médico. ¿No te acordabas?

No. No se acordaba. Pero Florencia sí lo habría hecho sin pensarlo, sin esperar nada a cambio, como siempre hacía todo.

-Voy al hospital. -dijo Oriana.

-Te llamo más tarde.

-Ve. Y Ori... tu mamá se va a poner bien. Lo sé.

Cuando llegó a terapia intensiva, el doctor la esperaba en el pasillo con una expresión que ella no supo descifrar de inmediato.

-¿Ocurrió algo? -preguntó, sintiendo que el corazón se le paralizaba.

-Nada malo. Tu madre está igual, estable. -la tranquilizó él.

-Te esperaba porque recibí una llamada esta mañana. El donante amplió el plazo. Tiene hasta el lunes de la próxima semana.

Eran cuatro días más. Cuatro días que antes no existían.

-Además. -continuó el médico bajando la voz.

-Hablé con un colega. Me dijo que conoce a una fundación que en casos como este suele cubrir parte del costo del donante. No es seguro, pero vale intentarlo.

Oriana lo miró fijamente.

-¿Por qué hace todo esto, doctor?

El hombre guardó silencio un momento. Miró hacia el vidrio donde Florencia dormía.

-Porque su madre fue mi enfermera hace veinte años, cuando yo era residente y no sabía mucho de este país. Me enseñó más ella en seis meses que muchos libros en años. -Hizo una pausa.

-Uno no olvida esas cosas.

Oriana no dijo nada. No había palabras suficientes para ese momento. Solo asintió, muy despacio, mientras sentía que algo en el universo se acomodaba apenas un milímetro en la dirección correcta.

Se acercó al vidrio. Apoyó la palma abierta sobre el cristal frío y miró a su madre.

Afuera llovía. Las primeras gotas golpeaban la ventana del pasillo con un sonido suave y constante, como si el cielo también quisiera decir algo que no cabía en palabras.

-Aquí estoy, mamá. -susurró Oriana-Seguimos peleando.

Y por primera vez en días, lo dijo sin que la voz se le quebrara.

Las siguientes horas pasaron iguales, el plazo del banco se había vencido y ahí estaba, en ventanilla esperando el desembolso del dinero.

-Transfiéralo a mi cuenta, por favor. -pidió Oriana.

Una hora después estaba de camino al hospital en compañía de Valentina.

-Ya casi lo logramos, Ori. Florencia saldrá de esta, ya verás.

-Sí, ya quiero que sea pronto.

-Vamos por un café, necesitas comer algo. -sugirió Valentina.

Oriana no refutó y fueron a una cafetería cerca del hospital. Era un lugar pequeño y acogedor, con mesas de madera oscura y el aroma del café recién colado flotando en el aire. Se sentaron junto a la ventana. Afuera, la tarde avanzaba con nubes bajas y una brisa que movía las ramas de los árboles de la acera.

-Pide algo de comer, no solo café. -insistió Valentina mientras revisaba el menú.

-Un sándwich está bien.

El lugar estaba casi lleno. Todo era tan normal, tan ajeno al peso que Oriana cargaba, que por un momento sintió que ella era la única persona en el mundo que vivía dentro de una tormenta.

Valentina pidió por las dos. Oriana sacó el teléfono y revisó la aplicación del banco. El dinero ya estaba reflejado en su cuenta. Treinta mil dólares que brillaban en la pantalla. Con los cuatro mil que había reunido Valentina y los aportes adicionales que seguían llegando al grupo de W******p, ya tenían treinta y siete mil. Les faltaban apenas tres mil para completar los cuarenta.

-Mira. -le mostró la pantalla a Valentina.

Su amiga sonrió ampliamente.

-Lo logramos, Ori. Ya casi.

Casi. Esa palabra todavía pesaba, pero ya no aplastaba como antes.

El sándwich llegó junto con dos cafés humeantes. Oriana comió sin prisa, dejándose llevar por ese momento de quietud que el día le regalaba por primera vez. Conversaron de cosas triviales. De cuando eran niñas y Florencia las llevaba al parque los domingos. Y cuando un perro las persiguió.

-Era imposible asustarse con ella cerca. -dijo Valentina, sonriendo hacia su taza.

-Era imposible. -repitió Oriana.

Pagaron la cuenta y salieron.

El hospital estaba a tres cuadras. Caminaron por la acera a paso tranquilo, con las manos en los bolsillos y el último rastro de sol cayendo entre los edificios.

Fue entonces cuando todo cambió.

Dos hombres salieron de un callejón tan rápido que Oriana no tuvo tiempo de reaccionar. Uno la tomó por el brazo con una fuerza brutal, el otro se interpuso frente a Valentina empujándola contra la pared.

-Quietas. -gruñó el que sujetaba a Oriana. Llevaba la cara cubierta con una capucha oscura y olía a tabaco barato.

-Sin gritar. Sin moverse.

El corazón de Oriana pasó de cero a desbocado en un segundo. Quiso gritar pero algo frío presionó su costado, y entendió sin necesidad de mirarlo.

-El teléfono. -dijo el hombre.

-Desbloquéalo.

-Por favor. -susurró ella.

-No...

-El teléfono. Ahora.

Valentina intentó moverse y el otro hombre la sujetó con más fuerza, haciéndola callar con un ademán amenazante.

Con dedos que apenas obedecían, Oriana desbloqueó el teléfono. El hombre se lo arrebató, entró directamente a la aplicación del banco como si supiera exactamente lo que buscaba, y la miró.

-Treinta y siete mil. Bien. Transfiérelo.

-Ese dinero es para una cirugía. Mi madre está...

-Me importa un carajo tu madre. ¡Transfiérelo! o esto termina muy mal para tu amiga.

Valentina emitió un sonido pequeño, de miedo contenido.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP