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Oriana la miró. Sus ojos decían lo mismo que los suyos: no había salida.

Con las manos temblando introdujo los datos que el hombre le dictó en voz baja. Un número de cuenta que no le decía nada. Confirmó la transferencia. La pantalla tardó tres segundos en procesar.

Transferencia exitosa.

Treinta y siete mil dólares. Desaparecidos.

Los dos hombres soltaron a las mujeres tan abruptamente como las habían tomado y desaparecieron por el mismo callejón solitario del que habían salido. El ruido de sus pasos se apagó rápido, como si la ciudad los hubiera tragado.

Oriana se quedó de pie en la acera, el teléfono todavía en la mano, mirando la pantalla. El saldo decía cero. Ya no, decía treinta y siete mil dólares, que era lo que había antes.

-Ori. -Valentina se acercó y le puso las manos en los hombros.

-Ori, mírame.

Ella levantó los ojos lentamente. No lloraba. Era demasiado grande para las lágrimas en ese momento. Era el tipo de golpe que paraliza, que deja a una persona completamente vacía por dentro.

-Treinta y siete mil dólares, Val. -dijo con una voz que no parecía suya-Se fueron en tres segundos.

-Vamos a llamar a la policía. Ahora mismo.

-¿Y de qué servirá? -respondió Oriana, y en su voz no había rabia sino algo peor: resignación.

-¿Cuándo recuperan ese dinero? ¿En cuántos días? Mi madre no tiene esos días.

Valentina no respondió porque sabía que tenía razón.

Se quedaron las dos paradas en esa acera, rodeadas de una ciudad que seguía moviéndose indiferente a su alrededor. A su dolor.

Oriana guardó el teléfono en el bolsillo. Respiró.

-Vamos al hospital. -dijo al fin.

Oriana caminó sin sentir el frío que calaba en sus huesos su mirada estaba perdida en la nada, parecía un zombie, no escuchaba lo que Valentina le decía, cuando de pronto el sonido de unos neumáticos sobre el asfalto la trajeron a la realidad.

-¡Ori! -gritó Valentina, cuando el chófer del auto se bajó de inmediato para ayudarla

-¿Estas bien? -preguntó fijamente.

Valentina la ayudó a ponerse de pie y el hombre se paró frente a ella.

-Disculpe señor. Veníamos distraída. -dijo Valentina.

-¿Distraída? ¿Acaso crees que caminas en el patio de tu casa?

Oriana lo fulminó con la mirada.

-¿Y usted cree que anda en una autopista? Pues no debieron haberle dado licencia para conducir. -habló ella con rabia contenida.

-Y tú, deberían recibir clases de educación vial. -dijo el hombre. Oriana pasó por su lado y continuó su camino.

Caminaron a pasos acelerados y llegaron sin más contratiempos al hospital.

Entraron al edificio en silencio. Valentina hizo la denuncia policial por teléfono mientras caminaban, dando los pocos datos que tenían: la descripción vaga de los hombres, el callejón, la hora aproximada. El oficial que atendió fue cordial pero poco prometedor. Investigarían. Harían lo posible.

Oriana ya no escuchaba. Subió las escaleras mecanicamente y llegó al pasillo de terapia intensiva. Se sentó frente al vidrio. Florencia seguía igual, serena, ajena.

-¿Qué hago ahora, mamá? -murmuró.

No hubo respuesta. Solo el zumbido de las máquinas al otro lado del cristal.

Valentina caminó despacio y la miró, lejana y aucente. Ella aún con los nervios a flor de piel se abrazó asi mismo.

-Buenas noches. -escuchó una voz tras de ella.

Valentina se giró y vio al doctor Wiliams acompañado de una doctora.

-Hola Valentina. ¿Sucede algo? Estás pálida y te ves nerviosa.

Valentina contó lo sucedido al doctor. Él la miró y miró a su colega, asintiendo, era como una señal.

-Vamos, mi colega tiene una propuesta que hacerle, y necesita hablar con Oriana.

Valentina y la doctora Reyes caminaron a dónde está Oriana, Valentina no preguntó, pero sentía curiosidad. Se acercó a Oriana y fue quien la sacó del letargo tocándole el brazo con suavidad.

-Ori, hay alguien que quiere hablar contigo.

Oriana levantó la vista. Junto a Valentina había una mujer de cabello castaño recogido en un moño, bata blanca con el logo del hospital bordado en el bolsillo. Tenía una expresión serena y calculada al mismo tiempo, la mirada de alguien acostumbrado a proponer cosas difíciles.

-Oriana, soy la doctora Reyes. Te envié un mensaje ayer.

Oriana se puso de pie lentamente.

-Sí. Me dijo que quería hablar.

-Sí. Y dado lo que acaba de ocurrirte -hizo una pausa breve, discreta, lo que indicaba que Valentina ya le había contado.

-Creo que lo que tengo que decirte, te interesa, y mucho.

-¿De qué se trata?

La doctora Reyes miró hacia ambos lados del pasillo con gesto discreto.

-¿Podemos ir a mi consultorio?

Oriana y Valentina siguieron a la doctora, entraron y las tres ocuparon las sillas al rededor del escritorio. La doctora cruzó las manos sobre las rodillas y habló con una voz tranquila, como quien ha ensayado las palabras pero aun así las elige con cuidado.

-Tengo una paciente, con una muy buena solvencia económica, está casada. -Hizo una pausa.

-Ella y su esposo están buscando una madre gestante. Alguien que tenga su cuerpo sano, joven, sin hijos propios, dispuesta a llevar el embarazo a término a cambio de una compensación económica muy grande.

El silencio que siguió fue denso.

Oriana miraba a la doctora sin parpadear.

-¿Cuánto? -preguntó, y la palabra salió antes de que pudiera pensar en todas las que vendrían después.

La doctora no se inmutó ante la pregunta directa. La esperaba.

-Cincuenta mil dólares. Pagados en tres cuotas. La primera al momento de firmar el contrato, antes incluso de iniciar el proceso médico.

Valentina, que había escuchado todo en silencio, soltó el aire que había estado conteniendo.

-Esto es una locura. -susurró.

Oriana permaneció inmóvil. Cincuenta mil dólares. Más que suficiente para la cirugía de su madre, para pagar el préstamo del banco, para el arriendo, para respirar. Todo resuelto de un golpe, pero a un precio que no se medía en dinero.

-¿Cuánto tiempo tiene para decidir? -preguntó finalmente Valentina.

-Mi paciente es una mujer que respeta los tiempos. Pero siendo honesta contigo. -dijo la doctora mirándola a los ojos.

-Es tu madre la que no tiene el tiempo. Y este matrimonio necesitaría una respuesta antes del viernes.

-Ori. -dijo Valentina mirando fijamente.

Tres días.

Oriana miró hacia el vidrio. Florencia dormía del otro lado de una de tantas habitaciones, ajena a todo, con esa serenidad que solo da no saber lo que está ocurriendo afuera.

-Déjeme pensarlo. -dijo Oriana en voz baja.

La doctora Reyes asintió, se puso de pie y sacó una tarjeta del bolsillo de la bata.

-Cuando estés lista, llámame. A cualquier hora.

Oriana, Valentina y la doctora salieron del consultorio. La vieron alejarse por el pasillo hasta desaparecer en el ascensor. Valentina esperó. Sabía que Oriana necesitaba un momento antes de que las palabras fueran posibles.

Fue ella quien habló primero, pero no para opinar. Solo para preguntar.

-¿Cómo te sientes?

Oriana tardó en responder. Giró la tarjeta de la doctora entre sus dedos, mirando el nombre impreso en letras negras sobre fondo blanco.

-Como si el mundo entero estuviera esperando a que yo decida algo. -dijo al fin.

-Y yo todavía no sé si soy lo suficientemente valiente para decidirlo.

Valentina le puso la mano encima de la suya. No dijo nada más.

Afuera, la noche comenzaba a caer sobre la ciudad por segunda vez en dos días. Y Oriana seguía sentada frente al vidrio, con una tarjeta en la mano y el peso de una decisión que nadie más podía cargar por ella.

Una Semana Antes.

Los exámenes estaban sobre el escritorio de la doctora Reyes. Maira sentada frente a ella con una mirada fija.

-Doctora, dígame ya esos resultados por favor. Mi esposo y yo estamos muy ansiosos.

La doctora miró a Bruno luego a Maira que tragó el nudo formado en su garganta, como señal de que ya sabía el resultado que estaba ahí escrito.

La doctora abrió el sobre y leyó.

El útero no podía concebir un bebé.

Cerró el sobre con la misma calma con la que lo había abierto, lo dejó sobre el escritorio y entrelazó las manos. Buscó las palabras correctas, las que fueran honestas sin ser brutales, precisas sin ser frías. Llevaba quince años ejerciendo la medicina reproductiva.

-Maira, Bruno. -comenzó.

-Los resultados confirman lo que habíamos sospechado desde el último ciclo de tratamiento. El endometrio presenta un daño fibrótico severo que compromete de manera irreversible la capacidad de la implantación. Técnicamente, su útero puede gestar, pero las probabilidades de que un embrión logre adherirse y desarrollarse son inferiores al dos por ciento.

El silencio que siguió fue sepulcral.

Maira miró fijamente a la doctora, y levantó una ceja.

Bruno, se quedó mirando el sobre sobre el escritorio como si pudiera cambiar lo que contenía con solo observarlo el tiempo suficiente. Tenía las manos sobre las rodillas, quietas, demasiado quietas para todo lo que estaba sintiendo.

-Bruno. -susurró ella, extendió la mano y cubrió con la suya. Era un hombre de pocas palabras en los momentos difíciles, de esos que expresan más con un gesto que con un discurso. Apretó los dedos de su esposa suavemente. Ella no respondió al apretón.

-¿Irreversible? -preguntó al fin, y su voz sonó extrañamente serena, como si la hubiera prestado de otra persona.

-Sí. -respondió la doctora con delicadeza.

-Los tres ciclos de estimulación ovárica y las dos transferencias de embriones han ejercido una presión adicional sobre un tejido que ya venía comprometido desde la cirugía de hace tres años. El cuerpo ha llegado a su límite en este aspecto.

-Pero mis óvulos. -dijo Maira.

-Usted misma dijo que eran de buena calidad. -continuó.

-Y lo son. Sus óvulos son viables. Es el espacio donde necesita desarrollarse es el que no está listo.

-¿Qué opciones tenemos, doctora? -preguntó Bruno.

La doctora Reyes lo miró. Había algo en la pregunta de ese hombre que ella admiraba: la capacidad de pasar del dolor a la acción sin negarse el primero, pero sin quedarse atrapado en él tampoco.

-Hay dos caminos. -respondió.

-La adopción, que es un proceso largo y con sus propias complejidades legales. O la gestación subrogada, que les permitiría tener un hijo biológico de ustedes dos, pero gestado por otra mujer.

Maira levantó la vista.

-¿Una madre de alquiler?

-Se llama madre gestante. Ella no aportaría material genético. Sería su óvulo, fecundado con el esperma de Bruno, transferido al útero de otra persona que llevaría el embarazo a término. El bebé sería cien por ciento hijo biológico de ustedes.

Maira soltó el aire muy despacio. Miró a Bruno. Él la miraba a ella. Era una de esas conversaciones que dos personas mantienen sin abrir la boca, en ese idioma silencioso que solo construyen los años vividos juntos.

-Bruno...

-¿Usted tiene... contactos? -preguntó Bruno, entendiendo lo que Maira dijo con su silencio. Y dirigiéndose a la doctora. Que miró fijamente a Maira.

-¿Puede orientarnos en ese proceso?-preguntó él.

-Puedo ayudarlos. Tengo experiencia en estos casos y conozco los procedimientos. Pero quiero ser honesta con ustedes desde el principio: encontrar a la persona adecuada no es sencillo. Necesitamos a alguien joven, sano, sin hijos propios, psicológicamente estable y dispuesto a asumir un compromiso de casi un año de su vida.

-¿Y el costo? -preguntó Bruno.

-Depende del acuerdo con la gestante. En general, para un proceso como este, la compensación ronda entre cuarenta y sesenta mil dólares, más los gastos médicos cubiertos por ustedes durante todo el embarazo.

Bruno asintió despacio, como quien suma cifras mentalmente y ya había llegado a ese número antes de escucharlo.

-No es el dinero lo que nos preocupa -dijo.

-Lo sé. -respondió la doctora.

-Y eso facilita las cosas.

Bruno fue claro con la doctora Reyes. Ordenó buscar a la mujer según las características y se despidieron.

Maira no habló en el trayecto de regreso a casa. Bruno condujo en silencio, respetando ese espacio que él creyó, ella necesitaba. La conocía. Sabía que cuando Maira callaba no era porque no tuviera nada que decir, sino porque tenía demasiado y aún no encontraba por dónde empezar.

Llegaron a la mansión. Era un lugar enorme, bien decorado, con esa calidez. Visual para cualquiera que lo viera. Pero en realidad, era un hogar frío y vacío para Bruno.

Mientras que para Maira, todo ese lujo la representaba a ella. Cada detalle, minusiosamete escogido por ella.

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