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-Oriana, tu madre necesita un transplante de riñón lo más urgente posible. Tenemos al donante, pero su donación no es precisamente una donación. Quiere treinta mil dólares -dijo el galeno dejando a la joven en shock.
-Pero usted me dijo que me ayudaría, doctor. -Te ayudo con un porcentaje de la cirugía. El costo es de veinte mil dólares, son especialistas muy buenos en su trabajo, entonces tendrías que pagar solo la mitad. Oriana cerró los ojos. No podía creer lo que estaba escuchando. -Cuarenta mil dólares. ¿De dónde voy a sacar esa cantidad? Se preguntó. Se puso de pie, cogió su cartera y salió del consultorio, sin decir nada más, caminó despacio tratando de asimilar toda aquella información. Caminó por esos fríos pasillos y llegó a terapia intensiva, y a través de los vidrios pudo ver a Florencia... su madre. Sus lágrimas rodaron libremente por sus mejillas, ver ahí a su madre le rompió el alma, sentía que la impotencia la consumía, apretó sus manos tan fuerte que sus uñas se enterraron en sus palmas. -Lo voy a hacer madre, no sé cómo, pero tú saldrás de ahí. -se dijo así mismo. Salió de ahí, recorrió todo el pasillo de regreso al consultorio y entró. -Doctor... Voy a conseguir ese dinero. Pero usted me garantiza que después de esa intervención, mi madre... -Tu madre tendrá una vida normal. Muchas personas viven bien con uno solo de ese órgano. Tu madre no será la excepción. -Voy a conseguirlo, doctor. Oriana salió del consultorio sintiendo un destello de esperanza. -Solo espero que me den lo suficiente en el banco, y por la casa. Salió del hospital y cruzó las aceras. Miró a los lados y levantó la mano parando al Uber que se acercaba. Subió al vehículo, dio la dirección del banco y el chofer empezó el recorrido. El paisaje pasaba frente a ella, pero en sus pensamientos solo estaba la idea de que el gerente general del banco la ayudaría con un préstamo. Sin percatarse del tiempo, el auto se detuvo. -Llegamos, señorita. -anunció el chofer. Oriana canceló el valor y salió del vehículo. -Muchas gracias. -dijo. Caminó a la entrada y luego al ascensor que la llevaría al quinto piso. Su corazón se estrujaba en su pecho, era una mezcla de dolor y desesperación. El ascensor se estuvo en el quinto piso, las puertas metálicas se abrieron, Oriana se quedó de pie, cerró los ojos y apretó sus manos. -Tranquila, Oriana. Todo saldrá bien. Se repitió esas palabras como un mantra, aunque en el fondo no estaba segura de creerlas del todo. Abrió los ojos, enderezó la espalda y caminó con paso decidido hacia la recepción. Una joven de cabello recogido y sonrisa protocolaria la miró desde detrás del escritorio. -Buenos días. ¿En qué le puedo ayudar? -Necesito hablar con el señor Andrade. El gerente general. Es urgente. -respondió Oriana, intentando que su voz no temblara. -¿Tiene cita? -No, pero él me conoce. Soy Oriana Serra. Por favor, dígale que estoy aquí. Es una emergencia familiar. La recepcionista dudó un instante, luego tomó el teléfono y marcó una extensión. Habló en voz baja. Hubo una pausa breve que a Oriana le pareció eterna. Finalmente, la joven colgó y la miró con una expresión más amable. -Puede pasar. Última oficina al fondo del pasillo. Oriana exhaló con alivio y caminó por el corredor alfombrado. Las paredes estaban decoradas con cuadros de arte abstracto y fotografías de la ciudad en distintas épocas. En cualquier otra circunstancia, los habría mirado con detenimiento. Hoy no los veía. Llegó a la puerta, tocó dos veces y escuchó una voz grave desde adentro. -Adelante. Empujó la puerta. El señor Andrade era un hombre de unos cincuenta y cinco años, cabello canoso en las sienes, traje oscuro impecable a medida, su presencia era imponente y las rutinas de gimnasio eran visibles, tenía una mirada que transmitía autoridad y, al mismo tiempo, cierta calidez. Se puso de pie cuando la vio entrar. -Oriana. Qué sorpresa. Siéntate, por favor. Ella obedeció. Dejó su cartera sobre las piernas y entrelazó los dedos. -Señor Andrade, gracias por recibirme sin cita. Sé que no es lo correcto, pero no tenía tiempo. -Tranquila. ¿Qué ocurre? Te veo pálida. Oriana respiró profundo. Sabía que tenía que ser directa, que no podía permitirse rodeos ni debilidades. Sin embargo, cuando abrió la boca, las palabras salieron acompañadas de un hilo de emoción que apenas pudo controlar. -Mi madre necesita un trasplante de riñón. Es urgente. El médico ya tiene al donante, pero hay que pagar cuarenta mil dólares entre el costo de la cirugía y... y la compensación al donante. Vengo a solicitar un préstamo. Tengo la casa como garantía. Sé que el avalúo no llega a esa cifra completa, pero llevo cuatro años siendo cliente de este banco y siempre he cumplido con mis pagos. Nunca he fallado. El gerente la escuchó en silencio. Juntó las manos sobre el escritorio y la miró fijamente. -¿Cuánto tiempo tienen para reunir el dinero? -El doctor me dijo que el donante no esperará más de diez días. Si no se hace en ese plazo, perderemos la oportunidad y mi madre... -Se le quebró la voz. Parpadeó rápido. -Mi madre podría no resistir mucho más tiempo en terapia intensiva. El señor Andrade guardó silencio un momento. Se recostó en su silla y miró hacia la ventana, como si estuviera calculando algo que iba más allá de los números. -Oriana, el procedimiento estándar para un préstamo de esa magnitud tarda entre quince y veinte días hábiles. Lo sabes. -Lo sé. -respondió ella en voz baja. -Pero. -continuó él, levantando un dedo. -Hay un fondo de emergencia que el banco habilitó el año pasado para casos de salud crítica. Tiene un proceso más ágil. Tres a cinco días hábiles si toda la documentación está en orden. Necesitaría el avalúo de la propiedad, los estados de cuenta de los últimos seis meses, una carta del médico tratante que certifique la urgencia médica y el presupuesto detallado de la cirugía. Oriana sintió que algo dentro de su pecho cedía, como si un nudo apretadísimo comenzara a aflojarse apenas un poco. -Puedo conseguir todo eso hoy mismo. -Si traes todo hoy antes de las tres de la tarde, yo mismo me encargo de que el caso entre como prioridad. -dijo el señor Andrade, y en su voz había algo que sonaba a promesa genuina. -Gracias. -musitó ella. -Gracias de verdad. Se puso de pie y extendió la mano. El gerente la estrechó con firmeza. -Ve. No pierdas tiempo. Oriana salió de la oficina con pasos acelerados. Cuando llegó al pasillo, sacó el teléfono y empezó a marcar. Primero llamó al doctor para pedirle la carta y el presupuesto. Luego llamó a la agencia inmobiliaria donde había realizado el avalúo hacía dos años, rogando que tuvieran el documento actualizado o que pudieran emitir uno nuevo con urgencia. Y por último, llamó a su mejor amiga, Valentina. -Val, necesito que me hagas un favor enorme. Necesito que vayas a mi apartamento, en el cajón del escritorio hay una carpeta azul con todos mis estados de cuenta bancarios. Tráemelos al banco, por favor. Te explico todo cuando llegues. No esperó protestas. Valentina era de esas personas que no preguntaban cuando el tono de voz lo decía todo. Solo respondió: -Ya salgo. Oriana guardó el teléfono y bajó las escaleras de regreso a la planta baja. Se sentó en una de las sillas de la sala de espera y por primera vez en todo el día, permitió que el agotamiento la encontrara. Tenía ojeras profundas, los labios secos y las manos frías. Había dormido apenas dos horas la noche anterior, velando a su madre desde la sala de espera de la clínica. Cerró los ojos un instante y vio el rostro de Florencia. Su madre siempre había sido una mujer fuerte, de esas que no se quejaban, que cocinaban con música de fondo y cantaban desafinado sin importarles nada. Era enfermera de profesión y había dedicado toda su vida al cuidado de otros, muchas veces olvidándose de cuidarse a sí misma. Y ahora estaba ahí, conectada a máquinas, dependiendo de que su hija hiciera lo imposible. -No te voy a fallar, mamá -susurró Oriana, tan quedo que nadie en la sala pudo escucharla. Cuarenta minutos después llegó Valentina con la carpeta azul bajo el brazo y los ojos llenos de preguntas que aún no formulaba. Era menuda, de rulos oscuros y una energía que llenaba los espacios. Cuando vio el estado de Oriana, frunció el ceño y la abrazó sin decir nada primero. -Cuéntame. -dijo al fin, sentándose a su lado. Oriana le explicó todo. El trasplante, el dinero, la visita al gerente, el plazo. Valentina escuchó sin interrumpir, apretando la mano de su amiga en los momentos más difíciles del relato. -¿Cuánto falta si el banco solo aprueba una parte? -preguntó al terminar. -No sé todavía. Depende del avalúo. Puede ser que me quede corta. Valentina asintió despacio, como procesando. -Tengo ahorros. No son muchos, pero si los necesitas, son tuyos. -Val... -No me digas que no. Florencia me cuidó. Me llevó al médico cuando mi mamá trabajaba de noche. Es casi mi madre también. -dijo con voz firme, aunque sus ojos brillaban. -Así que no me digas que no. Oriana no pudo responder. Solo asintió, apretando los labios para no llorar ahí en medio del banco, rodeada de desconocidos. A las dos y cuarenta y cinco de la tarde, Oriana entregó en ventanilla toda la documentación requerida. El médico había enviado la carta por correo electrónico en tiempo récord. La agencia inmobiliaria, milagrosamente, tenía un avalúo vigente de hacía ocho meses que aún era válido. Los estados de cuenta estaban completos y en orden. La asistente del señor Andrade los recibió, los revisó brevemente y asintió. -Está todo. El gerente lo revisará esta tarde y mañana a primera hora sabrá si fue aprobado. Oriana salió del banco con Valentina a su lado. El sol de la tarde golpeaba las aceras con esa luz dorada que precede al atardecer. Se detuvieron en la entrada y Oriana miró hacia arriba, al cielo despejado, como buscando algo que no tenía nombre. -Un día a la vez -dijo Valentina en voz baja. -Un día a la vez -repitió Oriana. Y aunque el miedo seguía ahí, aunque la incertidumbre era todavía una sombra larga y pesada, algo había cambiado desde la mañana. Ya no estaba sola frente al abismo. Tenía los papeles entregados, tenía a Valentina, tenía la promesa de un hombre que había mirado más allá del protocolo para ver a una hija desesperada. Y tenía, sobre todo, a una madre que la esperaba. Eso era suficiente para seguir. La noche cayó sobre la ciudad con una lentitud que a Oriana le pareció cruel. Caminó de regreso al hospital porque el dinero del Uber ya era un lujo que no podía permitirse, no hasta saber si el préstamo sería aprobado. Valentina quiso acompañarla, pero ella la convenció de que se fuera a casa. -Mañana te necesito descansada. Hoy necesito estar sola con ella. Valentina cedió a regañadientes, pero antes de separarse le puso en la mano un billete doblado. -Para el taxi de regreso. No me digas que no. Oriana lo aceptó sin protestar. Había aprendido en ese día que rechazar ayuda cuando se la ofrecían con el corazón era una forma de soberbia que no podía costarse. El hospital de noche tenía una atmósfera completamente distinta. Los pasillos que de día bullían con movimiento y voces se habían vuelto silenciosos, apenas interrumpidos por el chirrido lejano de alguna camilla o el murmullo de los enfermeros en sus estaciones. Las luces eran más tenues, como si el edificio entero respirara más despacio. Oriana llegó a terapia intensiva y se sentó en la misma silla plástica de siempre, frente al vidrio. Florencia dormía. Tenía el cabello, antes siempre bien peinado, extendido sobre la almohada como una aureola oscura con hebras plateadas. Tenía el rostro sereno, casi ajeno al drama que se desarrollaba al otro lado del cristal. -Conseguí los papeles, mamá. -dijo Oriana en voz baja, aunque sabía que no podía escucharla. -Mañana sabremos lo del banco. El doctor ya tiene todo listo de su lado. Solo falta el dinero. Hizo una pausa. Apretó los labios. -Tú siempre me decías que el dinero no era lo más importante. Que la salud, la familia, el amor... que eso no tenía precio. Y tenías razón. Pero también es verdad que sin dinero, a veces, no se puede salvar lo que más quieres. Qué contradicción tan cruel, ¿verdad?





