—Ezequiel… estás descansado — llamé abriendo su puerta con cuidado mientras el corazón me latía con fuerza. Pero cuando encendí la luz no escuche ni su voz, ni nada que me dijera que estaba en su habitación. El olor de su perfume lleno mis fosas nasales, despertando mi curiosidad. Mire todo a mi alrededor, y con rapidez abrí uno de los cajones, y luego la puerta del armario, toque la tela de una de sus camisetas, fijándome que no había nada de ropa de mujer, ni en ningún rincón de esta habitaci