Hibrand estaba preocupado, Ivana no le respondía los mensajes, ni contestaba las llamadas, y eran casi las tres de las tarde, así que dormida no podía estar. Los rusos se acababan de ir al aeropuerto. Él estaba dando los toques finales al contrato con Licelot para mandarlo al bufete de abogados que se encargaba de llevarle los asuntos.
—Hibrand, ¿Qué te pasa? no te estás enterando de nada— reclamó Licelot.
—Lo siento Liz, llevas razón, pero es que le he puesto un montón de mensajes y llamadas