DEBBY
Ver a Mateo de nuevo hace que mi pecho se hinche de orgullo. Debo admitir que, hasta eso, me salió hermoso. Por breves segundos, me olvido del infierno que estoy viviendo; incluso me olvido de la mirada asesina de América, quien ahora está del otro lado del sofá, viéndome hablar con Ana.
—¿Todo bien, niña? —me pregunta en un tono cariñoso, casi como una madre hablando con su hija.
—Sí —respondo a secas.
Sus ojos marrones detallan mi rostro a detalle. A ella no se le escapa nada.
—¿Y dónde