Al despertar por la mañana, Ava siente todo el cuerpo adolorido, como si cada músculo recordara el peso de la noche anterior. Abre los ojos de golpe y se obliga a mantenerlos abiertos, incluso cuando comienzan a arder y las lágrimas amenazan con aparecer. Era una estrategia tonta, pero funcionaba; porque cada vez que los cerraba, los recuerdos de la noche con Hector volvían como una avalancha.
—¿Por qué tenía que ser tan perfecto? —murmura para sí misma, con la voz quebrándose por el cansancio.