Rafaela permanece en silencio por algunos segundos, como si el tiempo se hubiera congelado a su alrededor. Sus ojos, antes serenos, ahora están abiertos de par en par, fijos en el rostro del marido, como si buscaran alguna explicación que tuviera sentido. Pero no la había.
—¿Qué… qué? —susurra, casi sin aire, como si las palabras tuvieran dificultad para salir.
Retrocede levemente en el asiento, con el corazón latiendo tan rápido que parece resonar en sus oídos. Sus dedos comienzan a temblar, y