Ya a solas con Doris, Hector aprieta los puños contra los costados del cuerpo, intentando contener la furia que aún le recorría cada vena. Sus hombros suben y bajan con la respiración acelerada, mientras intenta mantener un mínimo de control.
—Siéntate —ordena, señalando la silla frente al escritorio, sin siquiera mirarla directamente.
Pero Doris permanece inmóvil en medio del despacho, con los ojos llenos de lágrimas, como si el suelo hubiera desaparecido bajo sus pies. Sus manos tiemblan disc