23. Deja al dolor marcharse

*Horas antes*

Jamás había sentido esa clase de conmoción qué dejaba sin habla y revolvía el estómago hasta el punto de vomitar. Y era lo que ocurría en en ese momento. Las manos de Elena de pronto habían temblado peor de lo qué alguna vez imaginó, e incluso más cuando el juez la sentenció a pasa tantos años en la cárcel.

Las manos de Elena sudaron frío, y casi se tambaleó hacia atrás.

—¿Usted cómo sabe eso?

—¿No lo niega? —el señor Orlando preguntó aún con las manos entrelazadas. Seguía te
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