Capítulo 40 — El Juicio del Ancestral
El claro de la montaña estaba sumergido en un silencio antinatural. La luz de la Luna Azul, que desafiaba el calendario de los cielos, caía sobre Elián como un manto de gloria y muerte. Ya no era el vampiro elegante que se ocultaba en las sombras de la ciudad; era una fuerza de la naturaleza, un soberano que había regresado de los dominios de la muerte con el derecho de juzgar a los vivos.
A medida que Elián daba un paso adelante, la tierra bajo sus pies vibraba. Los guerreros de la manada, aquellos que habían alzado sus armas contra Lyra, sintieron que sus cuerpos pesaban toneladas. Uno a uno, los lobos comenzaron a hincar las rodillas, no por voluntad propia, sino porque la presión del aura de Elián era tan masiva que el instinto de supervivencia les ordenaba someterse.
Daren, transformado en un lobo negro de proporciones monstruosas, rugió, pero el sonido se extinguió en su garganta. Elián ni siquiera lo miró. Su atención estaba centrada en