22. Regalos.

Las manos de Eduardo se quedaron sobre la mesa cuando Ana quitó las suyas lentamente y le apartaba la mirada viendo por la ventana, sintió un vacío en el pecho al verle el rostro compungido del hombre, pero, ¿Cómo podía darle una oportunidad si ya lo estaba intentando con Álvaro? ¿qué clase de persona sería?

—¿No? —preguntó y ella apretó los ojos, no quería darle la cara, se sentía contra la espada y la pared —mirame, Ana —ella lo hizo con esfuerzo y los ojos verdosos del periodista la taladrar
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