Maeve
—Vamos, pequeña cazadora.
La voz me sacó bruscamente del pesado sueño. Abrí los ojos para encontrarme con la figura de una chica parada frente a mí. Su expresión era de impaciencia, y su postura, tensa.
—Levántate de una vez que no tengo todo el tiempo del mundo, —insistió con un tono que rozaba la irritación.
—Déjame en paz, —murmuré, girándome para darle la espalda, intentando ignorarla y volver a mis sueños. Pero ella no estaba dispuesta a ceder.
—Vamos, arriba, nos vamos de aquí.
Esas