No importaba cuánto ahogara los suspiros que salían de mis labios, la liberación se negaba a llegar. Era como si mi cuerpo supiera lo que quería, al igual que mi mente y mi corazón. Se negaba a funcionar para nadie más, se negaba a reaccionar a menos que fuera bajo los suaves toques de los gemelos.
Entendiendo que mis esfuerzos eran inútiles, terminé mi ducha y me sequé. Llevé una muda de ropa al baño y me puse un vestido hasta los muslos. Las mangas eran largas pero delgadas, lo suficiente par