Un año después.
—¡Mamá! ¡Rápido, mira! ¡Mira esas olas gigantescas!
César, de dieciocho años, corría por la playa, el sol iluminando su piel saludable. La brisa alborotaba su cabello, y su risa resonaba, clara como el sonido de una campana.
—¡Cuidado! ¡No corras tan rápido! —reí, persiguiéndolo con el protector solar.
—Mamá, ¿podemos ir a hacer esnórquel? —César señalaba emocionado el arrecife de coral a lo lejos— ¡Quiero ver tortugas marinas!
—Claro, cariño —lo ayudé a ponerse protector solar—.