Muy pronto, Felipe y yo nos dirigimos al territorio de la Manada Luna Plateada, a un lugar llamado Pico Cresta Lunar, me llevaron a la guarida del Alfa Luciano.
La imponente figura de Luciano apareció en la entrada de la cueva. En cuanto sus ojos dorados se posaron en mi rostro pálido y mi aspecto débil, se suavizaron. Se acercó corriendo, lleno de preocupación.
—¡Elena! —dijo, avanzando a grandes zancadas y tomando cuidadosamente a Felipe de mis brazos.
Su mano cálida y seca acarició suavemente