Alejandro no podía creerlo. La miró fijamente, y su agarre se apretó inconscientemente.
Aunque le dolía, a Lucía le entraron más ganas de reír. —Pareces Sofía, con esa fuerza de toro —dijo sin poder evitarlo.
Él, usualmente tan sereno, reaccionó al notar que le hacía daño. Soltó su mano de inmediato, se la llevó a los labios para soplar suavemente y le pidió disculpas con el rostro lleno de remordimiento.
Pero la felicidad le brotaba por todos los poros.
La boda se fijó rápidamente para dos mese