La nieve fina caía como una danza silenciosa desde el cielo pálido de Moscú cuando el coche negro se detuvo frente al majestuoso Hotel Zorya Imperial. La fachada, imponente en mármol blanco y vidrio ahumado, resplandecía bajo la luz dorada del atardecer, como si la ciudad estuviera lista para recibir a dos personajes de una película a punto de cambiar de rumbo.
Ethan bajó primero, ajustando el abrigo oscuro con una elegancia despreocupada. Justo detrás, Helen descendió del coche envuelta en su