El apartamento estaba sumido en la penumbra. El sofá parecía haber sido moldeado bajo los cuerpos entrelazados de Helen y Ethan, ahora relajados, todavía pegados, todavía recuperando el aliento de lo que acababa de suceder. El silencio era agradable, casi sagrado. Solo el sonido de la respiración, del corazón desacelerándose, y de la sonrisa que nacía naturalmente en los labios de ella.
Helen pasó los dedos suavemente por los hombros de él, trazando círculos perezosos sobre su piel.
—Eso fue… —