Durante el viaje, me sentí más ligera que nunca, y a pesar de las turbulencias, dormí profundamente.
Al aterrizar, tras pasar por aduanas, vi al emergente pintor César Vago, que había venido a recogerme.
Hay que decir que, en los últimos dos años, César no solo conseguía gran fama en el extranjero, sino en su país era casi tan famoso que Jaime.
Podría decirse que era el novato que a Jaime le más importaba.
—¡Por fin te encuentro, señorita Rosa!
—Creo que si vas a ser mi agente, mi carrera podrá