—¡Los encontré por fin! —exclamó la pequeña Skay con entusiasmo, abriendo de par en par la puerta de madera del ático.
Ambos nos sobresaltamos de golpe ante el sonido de su voz interrumpiendo la intensa penumbra. Skay nos mira de una forma fijamente interrogatoria al ver la posición en la que nos encontrábamos, notando de inmediato que estábamos demasiado cerca el uno del otro, casi sin espacio entre nuestros cuerpos. Aprovechando el momento de distracción, empujé con fuerza el pecho de su herma