—Liz, por favor, te lo suplico con el alma. No le vayas a decir a nadie, y muchísimo menos a Damián, que fui yo quien te lo dijo —me rogó la loba con una voz temblorosa, mirando aterrada hacia todos lados antes de dar un paso atrás.
—¿Y se puede saber por qué demonios habría de ayudarte a ti o guardar tus secretos? —le espeté con frialdad, limpiándome la última lágrima rebelde de la mejilla—. Me traicionaste en el pasado y me mentiste. No te debo absolutamente nada.
—Liz, de verdad… lo siento… —