50.
Lo primero que me invadió fue un mareo enorme. La casa dio una vuelta completa bajo mis pies, y tuve que aferrarme con fuerza al cojín del mueble para sentir un poco de estabilidad. Cuando, un largo minuto después, todo se aclaró, miré los ojos de mi madre, oscurecidos, observándome. No podía creer que aquello fuera verdad. No podía creer que aquello que mi madre me estaba proponiendo fuera real.
— ¿En serio lo estás haciendo? ¿En serio me estás pidiendo aquello? ¿Exhumar los restos de Evangel