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Dejé a mi improvisado y falso esquema de seguridad en el primer piso, mientras Nicolás me llevaba por unas escaleras metálicas altas, desde donde se podía observar plenamente todo el invernadero.
Era tan grande, tan doloroso, tan hermoso. Era lo que me encantaba de aquella empresa, lo que la llamaba, al igual que la abuela de Nicolás, la parte creativa, la parte humana que podría llegar a tener.
Lástima que los anteriores dueños le dieron ese enfoque oscuro, enfocado en la mafia, hubiese sid