Al día siguiente, volví al hospital. Clara seguía postrada y débil en su cama. Su rostro estaba pálido, sus ojos hinchados, pero su mirada era afilada cuando me vio entrar. Me senté en la silla junto a su cama. Nadie habló durante un rato. Solo se oía el sonido del monitor de latidos que marcaba el ritmo lentamente, recordándome que Clara seguía viva.
—Ana —me llamó finalmente. Su voz era ronca, apenas audible.
La miré.
—Sé que no tengo derecho a pedirte nada, pero te lo suplico, deja a mi padr