A la mañana siguiente, decidí ir a la oficina de Sebastián. No porque él me hubiera invitado, sino porque necesitaba salir de la mansión.
Necesitaba alejarme de Clara, que estaba embarazada y con el ánimo inestable.
Tomé un taxi y no le avisé a nadie. León estaba en su habitación, quizá durmiendo otra vez.
El edificio de Sebastián se alzaba imponente en el centro de la ciudad. Entré por la puerta principal, atravesé el lujoso vestíbulo de mármol blanco y me dirigí al ascensor. Algunos empleados