Seguíamos tumbados en la cama, empapada de sudor y fluidos. Leon no soltaba su abrazo. Yo tampoco lo soltaba. Mi pecho aún subía y bajaba mientras recuperaba el aliento, mientras los dedos de Leon jugaban con las puntas de mi cabello rizado.
—Ana —me llamó en voz baja.
—¿Hm?
—Tengo que decirte algo.
—¿Qué? —pregunté.
Leon soltó el abrazo. Se sentó en el borde de la cama, dándome la espalda. Vi las marcas de mis uñas en su espalda, las que le hice antes.
—Mi padre quiere que le dé un nieto, y ya