Todavía estaba recostada, débil, sobre la sábana manchada de sangre y fluidos. Mi cuerpo temblaba violentamente. Mi respiración era agitada, como si acabara de correr un maratón. León ya se había apartado y estaba de pie junto a la cama, pero la huella de su contacto aún se sentía en cada poro de mi piel.
Adrián y Sebastian ahora estaban a ambos lados de la cama. Sus ojos estaban oscurecidos por un deseo que ya no podían ocultar.
—Hemos esperado demasiado tiempo, cariño —dijo Adrián mientras