Al día siguiente, fui al ginecólogo. Elegí una clínica pequeña en las afueras de la ciudad, donde las mujeres comunes iban a atenderse sin miedo a ser vistas.
La sala de espera era sencilla. Sillas de plástico blanco, revistas viejas sobre la mesa y un acuario pequeño con tres peces dorados que nadaban lentamente. Me senté en un rincón, con la cabeza gacha, tratando de no llamar la atención. Otras tres mujeres esperaban allí. De vez en cuando me miraban, luego miraban mi vientre, y luego susurr