XXXVI. Oportunidad
Ya no importaba el tiempo que pasara y siguiera encarcelada, si ya no tendría salvación que me diera una pizca de esperanza. Los días pasaban con suma lentitud, una lentitud que me hacía agonizar en manos de un demente.
El cuerpo me dolía a más no poder, no solo se trataba de los golpes que recibía, también se debía a los abusos constantes. Mi cuerpo resistía todo, pero en mi mente ya todo había acabado para mí y solo me quedaba que Dios, que para ese momento empezaba a dudar de su existencia,