Hendrik subió las manos por sus muslos, deslizándose dentro de la bata, y agarró el trasero de Freya, apretándolo. Freya gimió bajo el firme agarre de la otra. Se soltó del beso y comenzó a acariciarle el pecho y el abdomen, observando cada músculo y rasgo de su cuerpo.
Ese hombre era completamente atractivo y masculino, como siempre decía Anika, un verdadero dios griego, y Freya podía tocarlo y disfrutarlo por completo, disfrutando de cosas que su yo anterior no le permitía experimentar.
Freya bajó la mano hasta la toalla y la abrió. Todos sus movimientos los realizó sin apartar la vista. Freya se incorporó un poco, abriendo completamente la toalla, revelando la firme erección de Hendrik.
Freya puso las manos en el cinturón de su bata, desató el nudo, la abrió y la dejó caer sobre sus hombros. En ningún momento Hendrik apartó las manos de su trasero, lo apretó de nuevo, diciendo: «Tienes suerte de que aún no pueda hacer lo que quiera contigo». Freya quería aprender a ser más atrevid