Carolina sostenía el teléfono con la discreción específica de quien ha aprendido a transmitir información delicada sin cambiar el tono de voz en entornos con oídos.
—¿Quieres que le diga que no estás disponible?
Lo consideré durante exactamente el tiempo que tarda un latido en completarse.
—No. —Lo dije sin pensarlo más—. ¿Dónde está?
—En la entrada. Dijo que esperaría.
Valentino, que había escuchado sin moverse, me miró.
No preguntó. Pero su postura cambió de la quietud elegida a algo más pare