El día de la inauguración amaneció con el tipo de luz que no negocia.
Directa. Sin la suavidad de las mañanas nubladas que permiten un margen de tiempo antes de que el mundo empiece a existir del todo. La luz entraba por las cortinas del dormitorio como si el día hubiera decidido anticipadamente que no habría dilaciones.
Me levanté antes de que sonara el despertador.
El vestido que había elegido era azul marino. Corte limpio. Sin el rojo de los momentos de guerra ni el negro de los momentos de