Empecé por el principio.
No el principio del plan. El principio verdadero, que era la noche de la boda y el vino de Margaret en la cara y el vestido blanco manchado de rojo y el coche que llegó y la voz de Rudolph diciendo que debía irme y que no había nada que hablar y que las cosas habían cambiado.
Isabella Ford escribía.
No me interrumpió.
Seguí.
El accidente en Italia. El hospital donde nadie sabía quién era yo. La cara nueva que no elegí pero que elegí mantener porque el mundo que creía qu