El veredicto llegó un viernes.
Yo no estaba en la sala cuando lo leyeron.
No había estado en el tribunal desde el día de mi testimonio. No porque no pudiera o porque no tuviera interés en el proceso. Sino porque el proceso, una vez que yo había dicho lo que tenía que decir, ya no era mío de la misma manera. Era del fiscal, del jurado, del juez que llevaba semanas escuchando testimonios y revisando documentos con la atención que requiere decidir sobre veinticinco años de vida de otra persona.
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