La atmósfera en la sala principal de Villa Selene era, por primera vez en meses, de una serenidad casi irreal. El sol de la tarde bañaba los muebles de diseño y el suave ronroneo del aire acondicionado era el único sonido que competía con el batir de las olas. Mi padre, Arthur, estaba sentado frente a Jesse y a mí, con una expresión de cansancio pero con los hombros notablemente más ligeros.
— Se han ido —dijo Arthur, dejando su taza de porcelana sobre la mesa—. Les di el capital necesario para