La última clase estaba por iniciar, pero nos otorgaron treinta minutos para tomar un descanso y comer algo, me dirigí a la cafetería para comprar un emparedado y un jugo de manzana; aun no conocía a nadie, y la mayoría de los alumnos me miraban extraño, las chicas parecían odiarme y los chicos sólo susurraba cosas entre ellos cuando pasaba junto a ellos. Al parecer estaban todos bien informados que era la acomodada de uno de los mayores donadores de la universidad y eso lo empeoraba todo. Así