Luca soltó la mano de su madre y caminó a pasitos lentos hacia el borde de la cama. Sus grandes ojos, una réplica exacta de los de Sebastian, lo miraban con inmensa curiosidad y ternura. Sin miedo alguno, el niño le sonrió y extendió sus bracitos, entregándole el papel un poco arrugado.
Sebastian tomó el dibujo con manos temblorosas. Era un trazo infantil de tres figuras tomadas de la mano bajo un sol amarillo. Un sollozo escapó de sus labios.
El niño ladeó la cabeza, observando los vendajes y