El zumbido repentino del teléfono rompió la pesada intimidad que se había instalado en la habitación de la clínica. Cassandra dio un leve respingo, sintiendo cómo la tensión regresaba de golpe a sus hombros. Miró la pantalla iluminada y tragó saliva. Desde la cama, postrado y con la respiración aún superficial por el vendaje en sus costillas, Sebastian notó su duda.
—No te preocupes por mí, estoy bien. Contesta —murmuró él con voz ronca, haciéndole un gesto débil con la mano.
Cassandra asinti