El ambiente en el amplio salón del penthouse de Cassandra estaba cargado de un ligero reproche. La heredera de los Wellington estaba de pie junto al inmenso ventanal, con una taza de café en la mano y la mirada clavada en su mejor amiga, quien acababa de llegar de visita.
—Me ignoraste durante días —le reclamó Cassandra, yendo directo al grano, cruzándose de brazos—. No respondiste mis llamadas, Samantha. Ni una sola. Desapareciste por completo justo cuando más necesitaba hablar contigo tras el