Cassandra tecleaba con hostilidad en su laptop. Tenía una presión sorda en las sienes que le nublaba la vista; no había pegado un ojo en toda la maldita noche. El recuerdo seguía demasiado fresco, amenazando con demoler todas sus barreras de un solo golpe. Aparecerse así en sus pensamientos, desestabilizándola como si nada hubiera cambiado.
Ese otro día seguía siendo infernal.
La puerta de su oficina se abrió sin previo aviso.
Sebastian entró sosteniendo dos tazas de café humeante. El traje a