Sebastian, decidió continuar con su conquista al acecho, y ahora con seguridad, sabiendo que tenía de su lado una carta debajo de la manga.
El bolígrafo de Cassandra se detuvo en seco sobre el papel. Las once y media de la noche. Al otro lado de la oficina, de pie junto al ventanal oscuro, Sebastian revisaba un expediente en absoluto silencio.
Cassandra apretó la mandíbula. Sentía una presión opresiva en el pecho, un latido tan acelerado que por momentos le robaba el aire.
—Ya puedes irte —sol